Si
me apuran en las definiciones, diría que exploré las continuidades y rupturas
de la (s) poética(s) del rock a largo de los años, convencido de que en toda
música habita siempre una visión del mundo.
Las ideas del rock rara vez fueron expresadas
en manifiestos, como suelen estarlo las de los pintores y escritores, o aun las
de los compositores académicos. Podemos decir del rock lo que Simon Frith
escribió de la música en general : “hacer música no es una forma de expresar
ideas ; es una forma de vivirlas”. Con su tan particular modus operandi -
una descarga de adrenalina en el límite de lo socialmente permitido - la música
joven ha demostrado tener, a lo largo de su discurrir histórico, un alto grado
de conciencia de su realidad y del poder de interpelación social que esta
tiene. De hecho, creo que hay pocas formas culturales tan especulativas y
suspicaces, tan atentas a los sobreentendidos y las complicidades.
Estamos ante una música que, según suele
decirse, es más que música. Pero esto
merece una aclaración. Si algo concreto y específico define al rock,
otorgándole una clave de validación y una legitimidad artística celosamente
vigiladas por sus seguidores, eso es la pasión puesta en lo musical,
entendiendo por ello - ahora sí - algo
más que un discurso sonoro. Yo
diría, por lo tanto, que el rock es una forma cultural que ha colocado a la
música en el centro de lo socia : una apuesta, más en el sentido de un
compromiso que de una mera maniobra de juego. La apuesta del rock ha ejercido
una considerable influencia sobre la mentalidad de millones de personas en el
mundo, así como, acaso indirectamente, sobre los debates intelectuales de las
últimas décadas.